Fotografía de Don McCullin - ‘Snowy, Cambridge, early 1970s’

jueves, 28 de enero de 2010

Una sala con vistas

Cuesta llegar a esa localidad que siempre ha estado en un rincón de cualquier mapa que la incluya. Una vez en mi destino me encuentro con el Juzgado cerrado y en obras. "Estoy empezando a perder este pleito", me digo mientras sonrío nerviosamente. Por un momento me parece estar en el interior de una de esas angustiosas pesadillas en las que no podemos llegar a donde debemos ir. Pregunto y me informan de que hasta que concluya la rehabilitación se han trasladado las dependencias judiciales a un inmueble municipal en lo alto del pueblo. Ya podían habérmelo dicho en el despacho. Conduciendo por estrechas callejuelas, preguntándome a cada esquina si paso o no paso, llego hasta el castillo o a lo que se le parece. Allí están ya los otros dos abogados que intervienen en el asunto y puedo respirar aliviado. No ha sido un sueño. Al poco nos encaminamos a la sala de vistas siguiendo los pasos de una atractiva joven: la juez recién incorporada al destino y que no conocíamos. La divertida mirada que nos cruzamos los colegas durante la breve marcha expresa el llamativo encanto que transmite quien habrá de juzgarnos. En este punto del proceso estamos de acuerdo.

La sala está presidida por un gran ventanal a través del que se pueden contemplar ampliamente los verdes y frondosos alrededores de la localidad. Soltamos un murmullo de admiración. En ese luminoso entorno un abogado podría dejarse vencer gustosamente, pienso. O casi. La audiencia previa se ventila rápidamente y sin debates para alivio de la amable e insegura juez y quedamos convocados para el juicio. Si hay que volver, se vuelve, Señoría. Nos despedimos cortésmente de ella y con una plácida sensación marchamos de regreso por donde vinimos.

El curso de esa mañana me sugiere que esta dichosa profesión puede llegar a ser agradable. No todo va a ser mantener agrias discusiones o soportar una autoridad mal ejercida. Puede que la justicia tenga remedio y tal vez los tres compañeros hemos tenido la fortuna de contemplarlo. Tal vez. Tal vez ya nada será igual, pero es seguro que seguirá siendo lo mismo. Puedo verlo.



La Magistrada se comporta de un modo bochornosamente displicente, intolerable sea quien sea a quien se juzgue. Sin embargo, provoca risas de satisfacción, proferidas dentro y fuera de la sala. Risas de taberna en lo que presume ser un templo.

El incidente no parece más que un pequeño gesto sin importancia, pero revela un pésimo síntoma. Deberemos seguir soportando con frecuencia y estoicismo la desconsideración de jueces que no están a la altura de su formal autoridad y desprestigian su profesión. Y no vean cómo siento tener que entonar este gremial lamento de picapleitos que va camino de convertirse en nuestro lema colegial.

Aunque nunca está todo perdido. Siempre me quedará aquella sala con vistas y a ella tendré que volver el día marcado en la agenda.

Por cierto, tendré que consultarla, no fuera un sueño.

3 comentarios:

Daniel dijo...

Esperemos que fuese un sueño

Daniel dijo...

uis, se me fue el "no" de viaje, perdón

Lenny Zelig dijo...

Lo he comprobado. No lo fue.