La incivilización tiene síntomas, como cualquier otra enfermedad. Uno de los más irritantes y comunes es el de invocar las graves infracciones ajenas cuando somos pillados en una propia, que siempre es más pequeña que la más grande que nos apresuramos a imaginar. Ya saben, eso de “agente, vergüenza le tendría que dar estar poniéndome una multa de tráfico en vez de perseguir a los narcotraficantes”. (Una pausa comercial: si quiere recurrirla, tome mi tarjeta) Qué grima. La incivilización es muchas cosas, también una forma odiosa de irresponsabilidad.
Lo de los impuestos y cómo percibimos su utilidad y necesidad reales es al parecer cosa más compleja, pero creo que tiene que ver con la civilización y nuestra tendencia a ignorar su importancia. Tal vez haya una dosis fiscal óptima o tal vez lo óptimo sea siempre discutible en este resbaladizo asunto. En cualquier caso los impuestos constituyen una autoexigencia de responsabilidad social. El uso de lo recaudado siempre es perfectible y a veces insoportablemente imperfecto, pero solemos asumir la conveniencia de garantizar un mínimo de bienestar general que reduzca graves desigualdades de otro modo insalvables, y la necesidad de una contribución suficiente para lograrlo. Sin duda somos civilizados o eso creemos.
Pero luego llega el momento de pagarlos —los impuestos, digo-, y es entonces el chirriar de dientes. El afortunado los considera un vergonzoso expolio de su particular mérito y esfuerzo, mientras el desfavorecido se pregunta si no sería mejor que los pagara cualquier otro menos necesitado. Y luego están los del medio, indignados por sentir que a fin de cuentas son ellos los que pagan el pato –el grueso de los impuestos, digo. Así que todos contentos. Qué panorama. Eso sí, todos civilizados y convencidos de que más le valiera, señor inspector, perseguir el blanqueo de capitales de los narcotraficantes.
Solo quería dar un pequeño rodeo hasta llegar a la iniciativa del médico jubilado Dieter Lehmkuhl y otros pocos acaudalados alemanes, decididos a pagar más impuestos para colaborar en la reconstrucción económica mediante la inversión en ecología, educación y justicia social. La noticia de su existencia, días atrás, me dejó sin palabras.
Creo que se debió al brillo de civilización que desprende esa reluciente pepita en mitad de la mierda.
El comercio estabece la jerarquía y la demanda dispone dónde tienes que sentarte. Esta vez toca la sala más pequeña, casi el vestíbulo del cine, y mientras la película comienza se oye claramente el murmullo de voces en el exterior encaminándose al resto de las salas. Esta noche la mayoría vuelve a equivocarse. Muchos se perderán una pequeña joya de la disfrutaremos apenas una docena de privilegiados.
"El secreto de sus ojos", 2009, de Juan José Campanella, basada en la novela "La pregunta de sus ojos", de Eduardo Sacheri.
Me pierde el dramatismo porque lo cierto es que, más allá de mi experiencia personal, la película está teniendo un merecido éxito de taquilla. En ella se combinan eficazmente varios elementos clásicos de la historia de las buenas historias con un puñado de buenos actores. Uno de esos elementos es el personaje de compinche alcoholizado del protagonista, el secundario y triste payaso que aporta algo de relajada comedia en mitad del drama.
Una cosa lleva a la otra. No salía de mi asombro con la magnitud de la desvergüenza de Esperanza Aguirre y su mano derecha en ese tan impresentable asunto de la presidencia de Caja Madrid, cuando me dije que para "Stone Face" me quedo con el verdadero. Así que este fin de semana me he puesto a disfrutar del cine de Buster Keaton y a reírme como un niño de las desventuras del imperturbable acróbata. Al oír mis carcajadas, son los pequeños quienes no salen de su asombro.
En contraste con el talento de un comediante genial, qué sonrojante resulta el vodevil interpretado por ciertos aficionados.
Cuando el drama personal se representa en el escenario político no hay prensa rosa que lo supere ni ficción que pueda interesarme más. Sentado en esa butaca que es cualquier lugar donde se pueda oír una radio, ver una television o leer una crónica periodística, el drama del personaje político que está definitivamente muerto y es incapaz de advertirlo me sobrecoge. Contemplar los aspavientos detras de un atril de quien ignora que tiene la cabeza vuelta del revés por el mortal tajo que le han propinado justo antes, no me divierte, me apena.
No sé qué es la ambición política, ni qué sensaciones proporciona su paulatina satisfacción, ni cuán gratas puedan llegar a ser las expectativas que el ascenso en la escala de mando va generando, pero puedo imaginar la desolación que provoca el definitivo derrumbe de todos los trastos encima de la cabeza de uno.
Aunque el personaje interpretado por Ricardo Costa es ciertamente inconcebible, rematado con ciertos toques personales de inverosimilitud, realmente no es mucho más estrafalario que buena parte del elenco habitual. No pienso sólo en el PP. Como dice acertadamente Enric González, Costa es carne muerta, una víctima necesaria para la supervivencia de otros individuos de la manada que no hay razones consistentes para considerar mejores.
Otro que también puede preguntarse si hay vida en Marte...
...y descansar en paz. Esta semana estamos de necrológicas.
Andaba dándole vueltas a varias cosas, tratando inútilmente de formarme una opinión sobre cualquiera de ellas cuando me enteré. Luis Aguilé ha muerto. Ha pasado el número suficiente de horas para que ya casi no sea noticia. Tampoco lo es que durante un tiempo "Aguilé" fuera mi apodo. Así lo decidió aquel tipo misterioso que los imponía. Recuerdo que los motes solían explicarse por sí mismos, pero nunca llegué a entender el mío. Tampoco lo pregunté. Tal vez temía la respuesta.
Me ha apenado la muerte de mi alias. Aunque nunca le perdonaré sus corbatas, cantaba verdades como puños, algo mucho más difícil de lo que parece.
Han pasado diecisiete años del crimen de Alcácer. Creía que eran más. Se decía que había algo turbio detrás de la atroz muerte de Miriam, Toñi y Desireé, que había personas importantes implicadas y que la policía no quería esclarecer realmente el caso. Recuerdo bien aquel disparate porque veía por entonces los pogramas nocturnos de Pepe Navarro, disfrutando de los comienzos de Florentino Fernández. Creo que fue allí donde conocí a aquel extraño periodista-criminólogo llamado Juan Ignacio Blanco, pilar en el que descansaba el delirio de Fernando García, el desolado padre de Miriam que no parecía resignarse a la realidad y necesitaba perseguir crueles fantasmas. Insólita pareja.
Supongo que es una tentación antigua ésa de rechazar lo más evidente, pero tal vez influyó en el caso la entonces reciente emisión de “Twin Peaks” con su fantástica y absurda trama. Si la muerte de Laura Palmer había sido tan desconcertante, no cabría atribuir el horrible final de las tres niñas de Alcácer a dos o tres míseros marginales, por muy probable que así fuera. No, lo que la investigación policial iba reconstruyendo no podía ser cierto. Paparruchas. Había otra cosa, seguro, aunque realmente no importara que nunca se supiera qué era exactamente. Lo importante era que esa cosa se ocultaba. Estaba claro: la policía y la fiscalía sabían y ocultaban. La cosa, aquello, lo que fuera, el vetetúasaberquiényporqué.
Pero todo tiene un límite, ya lo advertía aquel Director General de la Guardia Civil. Al final el padre y el criminólogo fueron condenados por injurias y calumnias a guardias civiles, forenses y un fiscal. Si la noticia es exacta, Blanco y García fueron condenados, “entre otras lindezas” por las de “acusar a los investigadores de «manipular», asegurar que los guardias civiles «trucaban fotos», calificar a los forenses de «personajes de tebeo» o decir del fiscal jefe que «chochea». «Expresiones tan claramente insultantes o hirientes que el ánimo específico de injurias se encuentra ínsito en ellos», como concluye la sentencia”.
No me extraña que con el ruido político-mediático en torno a las sombras del 11-M tuviera una sensación de déjà-vu. Ya no se trataba de un desconocido periodista-criminólogo que adquiría súbita relevancia en late shows o televisiones autonómicas, sino de directores y vicedirectores de grandes periódicos nacionales o de programas radiofónicos de notable audiencia, y de toda una tropa de colaboradores. Los impulsores del nuevo juicio paralelo no perdieron una hija, pero sí unas elecciones que parecían ganadas. Una pérdida que duele mucho menos pero que puede trastornar a muchos más. En compensación, y como suele ocurrir en estos casos, es una oportunidad de ganar mucho dinero a costa de los crédulos. Cualquier comerciante sabe que el espíritu de Laura Palmer, adecuadamente alimentado, ofrece una excelente rentabilidad.
No sé si el comisario Sánchez Manzano, quien fuera jefe de la Unidad de Desactivación de Explosivos de la Policía, es un buen profesional o si es tan incompetente como solemos ser casi todos. Pero visto el resultado del proceso, al menos en primera instancia, puedo opinar que el policía ha cometido un tremendo error al demandar al director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, a su vicedirector, Casimiro García-Abadillo, al redactor jefe del diario, Fernando Múgica, y al columnista Federico Jiménez Losantos, por intromisión ilegítima en su derecho al honor por las expresiones contenidas en más de cuarenta artículos publicados en el periódico.
La Sentencia del Juzgado de Primera Instancia nº 56 de Madrid viene a señalar que la sistemática imputación al policía de manipulación de pruebas para atribuir un origen falso a los explosivos e influir en el resultado electoral, con sistemático engaño al juez instructor, son juicios de valor sustentados en hechos sustancialmente veraces y amparados por la libertad de expresión. Y que los calificativos que se le dirigen como “presunto sinvergüenza”, “inepto”, “probado incompetente”, “actuación inquietante”, “confusa y negligente”, “comportamientos turbios”, “turbio policía”, “pepe gotera manzano”, “manzano y sus manzanitas”, “vendedores de humo”, “trileros desvergonzados”, “engañabobos al por mayor”, y “morlacos resabiados”, apreciados en su contexto y en relación con las circunstancias del momento, no cabe considerarlos lesivos del derecho al honor del policía.
No deja de ser curioso que, si bien no sé si tales epítetos encajan en el personaje del policía, estoy seguro de que buena parte de ellos describe fielmente a los demandados. Pero la cuestión no es tanto en qué medida se resuelve adecuadamente el conflicto entre valores constituciones (derecho al honor frente a libertades de expresión e información), aunque también, sino hasta qué punto daña las meninges un buen juicio paralelo y de qué forma la reacción del policía en este caso ha alimentado, sin quererlo, la meningitis. He apreciado un claro síntoma de la enfermedad en este párrafo de la sentencia: “Opinar “que el 11 M se engendró muy probablemente en el seno o al menos en el regazo del Estado...” (Doc 64) es hipótesis protegida por la libertad de expresión, aunque a algunos les pueda parecer sorprendente y disparatada y a otros, por el contrario, factible dado el antecedente del llamado caso Gal”. Confieso que llevo un par de días dándole vueltas al razonamiento y sigo sin entenderlo. Deduzco que no estoy infectado o que los torpes estamos inmunizados.
En fin, dos historias parecidas con dos finales diferentes. Dos juicios paralelos que al final divergen. El caso Manzano me ha recordado la película “Ausencia de malicia”, dirigida en 1981 por Sidney Pollack, protagonizada por Paul Newman y con un irreal y reconfortante final. En un rincón del guión se concentra toda la esencia:
That as a matter of law, the truth is irrelevant.
We have no knowledge the story is false, therefore we're absent malice.
We've been both reasonable and prudent, therefore we're not negligent.
We can say what we like about him; he can't do us harm. Democracy is served.
Al fondo se oyen los gritos de los que ya están montados. En la entrada a la atracción hay un cartel que avisa muy claramente a quienes padecen del corazón o de la espalda. No necesito leerlo para decidir quedarme fuera. Me digo que es mi predisposición al mareo por cosa de las cervicales aunque sospecho, no obstante, que es simple flojera.
Así que me quedo esperando por los alrededores, disfrutando de ese privilegiado punto de observación que es el parque y especialmente atento para captar el sonido de palabras pronunciadas en francés por una voz femenina. A salvo.
Pero el cine no avisa o no lo hace tanto. Es fácil acabar en una película de emociones fuertes sin esperarlo. Y no me parece bien porque mi flojera es la misma y, aunque no haya gritos, puedo acabar llorando a moco tendido o intentando contener las lágrimas a duras penas. En el cine hay curvas muy inclinadas, bajadas a gran velocidad y giros verticales de 360 grados que me dejan aterido y que afronto atemorizado con los dedos clavados en los reposabrazos mientras la butaca avanza rápidamente hacia algo aún peor. La última vez que lo sentí fue en “Camino”, esa conmovedora, dolorosa y redonda película de Javier Fesser.
Hubiera querido poder oír la angustia de quienes la vieron antes que yo o un cartel que advirtiera a los padres débiles de corazón o flojos. Me habría sentido aludido y agradecido. Aunque, por otra parte, no sé si hubiera preferido no llegar a verla: empiezo a comprender el extraño placer de salir temblando de una montaña rusa.
Huyendo del espíritu de mi tío Paco y envuelto en el de (también Paco) Martínez Soria visité el museo Guggenheim de Bilbao, no sin antes haber echado una partidita.
El edificio del museo y el recuperado entorno de la ría son tan atractivos como esperaba, pero su contenido me sorprendió mucho más gratamente de lo que podía imaginar, especialmente la exposición temporal de Cai Guo-Qiang, titulada "Quiero creer".
Aquí el artista, mu majico, explica un poco dos de sus obras, a la manera en que se explican los artistas.
Ah, el arte y la vida: dos mundos paralelos, creo que sin excepciones aunque a veces se diga lo contrario. Afortunadamente. Así puedo seguir disfrutando de Silvio.
Hay muchas parejas imposibles. Una de ellas la forman el introvertido y el fanfarrón. Para el primero, el segundo es una cuidadosa selección del comportamiento humano que le incomoda. Para el segundo, el primero es un inútil aguafiestas en cuya mirada siempre cree apreciar un rencoroso reproche.
Yo era un niño introvertido y mi tío Paco era un fanfarrón. Una pareja difícil, ya digo, aunque también por separado, no nos engañemos. Creo recordar que sabíamos evitarnos hábilmente. Mi tío Paco era de Ramales, una localidad del este de Cantabria, en el valle del Asón, y vivió la mayor parte de su vida en Bilbao.
Los días que he pasado en Castro Urdiales, ese extremo de Cantabria habitado mayoritariamente por vascos, me han recordado aquel detalle familiar. Mirase donde mirase, sólo veía a mi tío Paco. Por cualquier calle, a la vuelta de cualquier esquina, sentado en cualquier terraza, apoyado en cualquier tonel y armado con mi inseparable cerveza me topaba con la panza jovial y fanfarrona del tío Paco, o reconocía su voz detrás de una habanera. Cuánto he suspirado en Castro. Como aquel día en que otro tío Paco se sentó en la mesa alargada en la que estábamos terminando de comer y nos habló de su bonito Bilbao, y de cuando bajaba a Valladolid después de un atentado y allí le hablaban alarmados de lo sucedido y él les respondía que no se había enterado de nada. No pudo expresarlo mejor. A aquel hombre le pasaba lo que a mi tío Paco durante toda su vida y a buena parte de los vascos durante las últimas décadas: no se han enterado de nada.
En el parque de Cabárceno no me pareció ver al tío Paco, aunque al contemplar a los papiones pude reconocer, uno a uno, a los vecinos en la piscina del bloque. Ni yo faltaba.
En el parque también pude ver al enorme gorila zamparse una coliflor tumbado sobre un costado, completamente indiferente a la curiosidad de los humanos que lo observábamos admirados. De pronto vi claro lo que quiero ser de mayor.
Con su permiso, bajo a África. Y por todos los Orishas, espero no encontrarme allí con baba mdogo Paco (tío Paco en suajili).