Fotografía de Don McCullin - ‘Snowy, Cambridge, early 1970s’

domingo, 18 de noviembre de 2007

Inclasificable

Hay muchos aspectos irritantes en el actual debate político. Uno de ellos es la obsesiva práctica de la taxonomía con más que discutible rigor. Como se concede la mayor importancia a la supuesta categoría a la que cada cual pertenece, se comprende que haya que apresurarse por asignarla. Suele practicarse con los demás aunque también es común que se disfrute con la categorización de uno mismo. Antes de valorar lo que alguien hace o dice hay que mencionar la rama en la que debe colocársele y en general con eso ya está todo dicho. Y si uno tiene que presentarse, nada como decir cuál es su familia, género y especie.

Las cualidades de cada especie varían según el taxonomista de turno. La categoría de “los que están siempre en lo cierto” a veces es la de unos y a veces es la de otros, tiene un nombre científico u otro. Según se mire, es decir, según quien haga la necesaria clasificación. El asunto es confuso y pese a los debates no hay avances.

No niego que en un análisis político riguroso se puedan hacer clasificaciones, pero me estoy refiriendo a la genérica y estéril división de los sujetos políticos en tres o cuatro (las más de las veces, ¡dos!) grupos que al parecer los definen suficientemente. Eso del espectro político y las dos o tres coordenadas donde uno debe necesariamente encontrarse, dicen que a mucha honra.

Pues muy bien pero yo a lo mío. Como siempre, me interesan fundamentalmente los individuos y no puedo considerarlos como simples miembros de una determinada subespecie o habitantes de un único punto del espacio político. Por eso asocio el buen político al que se define por su inteligencia y su carácter, se resiste a ser clasificado (o ubicado) y provoca la disputa entre los taxonomistas de turno. He comprobado también que el político que despierta instintivamente mi simpatía tampoco gusta de clasificar a los demás con las rudimentarias categorías al uso.

Esta vaguedades en realidad tratan del estúpido uso del prejuicio en la política y, en oposición, de la relevante contribución a la vida institucional y política de ciertos individuos con suficiente amplitud de miras. Estoy hablando de la independencia personal y a cuento del anuncio de su retirada de la vida política hecho por Manuel Marín, Presidente del Congreso de los Diputados, que no puedo dejar de ver como una pérdida de lo que menos abunda y precisamente cuando más falta hace.


La vida política apenas me brinda estas ocasiones de reconocimiento, así que la aprovecho: me quito gustosamente el sombrero ante el Sr. Marín y le deseo buena suerte.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Clasificar no es más que simplificar, y quien pretenda simplificar cualquier aspecto relativo al ser humano, ya sean ideas políticas o la forma de colocar los platos en el lavavajillas, simplemente no tiene ni idea de qué se trae entre manos Pero puede es peor cuando uno se adhiere a una clase, familia, genero, etc., sin saber que se simplifica a sí mismo, y los hay que lo hacen con tanta alegría que da penita.

Anónimo dijo...

Yo no entiendo de política ni de muchísimas otras cosas más, pero le leo a usted y sólo me sale darle la razón. Somos muy maniqueístas y tiramos siempre de los términos buenos/malos; rojos/azules; derecha/izquierda y bla bla... Así nos va. A ver mañana, día 20-N, que nos van a contar.

Le deseo una bonita noche de lluvia. Por fin llueve en nuestra tierra.

Anónimo dijo...

Estoy casi sin cobertura, de perdido y atareado, pero
no puedo dejar de asomarme para decirles que son ejemplarmente inclasificables.

Ala, a mojarse tocan.

my blue eye dijo...

Estoy completamente de acuerdo con usted. Y sí, quedarnos sin Marín es quedarnos sin uno de los pocos representantes que respetan verdaderamente la política democrática.

Anónimo dijo...

Queda preguntarse por qué son tan pocos. Sospecho que tiene que ver con algo oscuro en la naturaleza humana. A veces parece que los verdaderos valores democráticos no son humanos. Al final tengo la impresión de que todo (también la política) se reduce a la psicología individual y social, y a la evolución genética que la determina, y que ahí están las respuestas.
Me estoy perdiendo..., a ver si me encuentro.

Anónimo dijo...

Pues yo creo que está usted súper centrado. A poquísima gente conozco yo tan lúcido como usted, vaya.

Pero qué bien llueve, qué bien llueve. Buena noche, Miguel.

Anónimo dijo...

Con qué buenos ojos me mira. No están tan centrados...
Cuídese.