Fotografía de Don McCullin - ‘Snowy, Cambridge, early 1970s’

jueves, 15 de octubre de 2009

Una de zombies

Cuando el drama personal se representa en el escenario político no hay prensa rosa que lo supere ni ficción que pueda interesarme más. Sentado en esa butaca que es cualquier lugar donde se pueda oír una radio, ver una televisión o leer una crónica periodística, el drama del personaje político que está definitivamente muerto y es incapaz de advertirlo me sobrecoge. Contemplar los aspavientos detras de un atril de quien ignora que tiene la cabeza vuelta del revés por el mortal tajo que le han propinado justo antes, no me divierte, me apena.



No sé qué es la ambición política, ni qué sensaciones proporciona su paulatina satisfacción, ni cuán gratas puedan llegar a ser las expectativas que el ascenso en la escala de mando va generando, pero puedo imaginar la desolación que provoca el definitivo derrumbe de todos los trastos encima de la cabeza de uno.

Aunque el personaje interpretado por Ricardo Costa es ciertamente inconcebible, rematado con ciertos toques personales de inverosimilitud, realmente no es mucho más estrafalario que buena parte del elenco habitual. No pienso sólo en el PP. Como dice acertadamente Enric González, Costa es carne muerta, una víctima necesaria para la supervivencia de otros individuos de la manada que no hay razones consistentes para considerar mejores.

Otro que también puede preguntarse si hay vida en Marte...




...y descansar en paz. Esta semana estamos de necrológicas.

lunes, 12 de octubre de 2009

¿Habrá vida en Marte?

Las vueltas que da la vida, o a qué extraño planeta me lleva de vuelta un anuncio de tarjetas de crédito.



El auténtico Camaleón.

sábado, 10 de octubre de 2009

Es una lata (la necrología)

Andaba dándole vueltas a varias cosas, tratando inútilmente de formarme una opinión sobre cualquiera de ellas cuando me enteré. Luis Aguilé ha muerto. Ha pasado el número suficiente de horas para que ya casi no sea noticia. Tampoco lo es que durante un tiempo "Aguilé" fuera mi apodo. Así lo decidió aquel tipo misterioso que los imponía. Recuerdo que los motes solían explicarse por sí mismos, pero nunca llegué a entender el mío. Tampoco lo pregunté. Tal vez temía la respuesta.

Me ha apenado la muerte de mi alias. Aunque nunca le perdonaré sus corbatas, cantaba verdades como puños, algo mucho más difícil de lo que parece.



Descanse en paz.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Ausencia de malicia

Han pasado diecisiete años del crimen de Alcácer. Creía que eran más. Se decía que había algo turbio detrás de la atroz muerte de Miriam, Toñi y Desireé, que había personas importantes implicadas y que la policía no quería esclarecer realmente el caso. Recuerdo bien aquel disparate porque veía por entonces los pogramas nocturnos de Pepe Navarro, disfrutando de los comienzos de Florentino Fernández. Creo que fue allí donde conocí a aquel extraño periodista-criminólogo llamado Juan Ignacio Blanco, pilar en el que descansaba el delirio de Fernando García, el desolado padre de Miriam que no parecía resignarse a la realidad y necesitaba perseguir crueles fantasmas. Insólita pareja.

Supongo que es una tentación antigua ésa de rechazar lo más evidente, pero tal vez influyó en el caso la entonces reciente emisión de “Twin Peaks” con su fantástica y absurda trama. Si la muerte de Laura Palmer había sido tan desconcertante, no cabría atribuir el horrible final de las tres niñas de Alcácer a dos o tres míseros marginales, por muy probable que así fuera. No, lo que la investigación policial iba reconstruyendo no podía ser cierto. Paparruchas. Había otra cosa, seguro, aunque realmente no importara que nunca se supiera qué era exactamente. Lo importante era que esa cosa se ocultaba. Estaba claro: la policía y la fiscalía sabían y ocultaban. La cosa, aquello, lo que fuera, el vetetúasaberquiényporqué.



Pero todo tiene un límite, ya lo advertía aquel Director General de la Guardia Civil. Al final el padre y el criminólogo fueron condenados por injurias y calumnias a guardias civiles, forenses y un fiscal. Si la noticia es exacta, Blanco y García fueron condenados, “entre otras lindezas” por las de “acusar a los investigadores de «manipular», asegurar que los guardias civiles «trucaban fotos», calificar a los forenses de «personajes de tebeo» o decir del fiscal jefe que «chochea». «Expresiones tan claramente insultantes o hirientes que el ánimo específico de injurias se encuentra ínsito en ellos», como concluye la sentencia”.

No me extraña que con el ruido político-mediático en torno a las sombras del 11-M tuviera una sensación de déjà-vu. Ya no se trataba de un desconocido periodista-criminólogo que adquiría súbita relevancia en late shows o televisiones autonómicas, sino de directores y vicedirectores de grandes periódicos nacionales o de programas radiofónicos de notable audiencia, y de toda una tropa de colaboradores. Los impulsores del nuevo juicio paralelo no perdieron una hija, pero sí unas elecciones que parecían ganadas. Una pérdida que duele mucho menos pero que puede trastornar a muchos más. En compensación, y como suele ocurrir en estos casos, es una oportunidad de ganar mucho dinero a costa de los crédulos. Cualquier comerciante sabe que el espíritu de Laura Palmer, adecuadamente alimentado, ofrece una excelente rentabilidad.

No sé si el comisario Sánchez Manzano, quien fuera jefe de la Unidad de Desactivación de Explosivos de la Policía, es un buen profesional o si es tan incompetente como solemos ser casi todos. Pero visto el resultado del proceso, al menos en primera instancia, puedo opinar que el policía ha cometido un tremendo error al demandar al director de EL MUNDO, Pedro J. Ramírez, a su vicedirector, Casimiro García-Abadillo, al redactor jefe del diario, Fernando Múgica, y al columnista Federico Jiménez Losantos, por intromisión ilegítima en su derecho al honor por las expresiones contenidas en más de cuarenta artículos publicados en el periódico.

La Sentencia del Juzgado de Primera Instancia nº 56 de Madrid viene a señalar que la sistemática imputación al policía de manipulación de pruebas para atribuir un origen falso a los explosivos e influir en el resultado electoral, con sistemático engaño al juez instructor, son juicios de valor sustentados en hechos sustancialmente veraces y amparados por la libertad de expresión. Y que los calificativos que se le dirigen como “presunto sinvergüenza”, “inepto”, “probado incompetente”, “actuación inquietante”, “confusa y negligente”, “comportamientos turbios”, “turbio policía”, “pepe gotera manzano”, “manzano y sus manzanitas”, “vendedores de humo”, “trileros desvergonzados”, “engañabobos al por mayor”, y “morlacos resabiados”, apreciados en su contexto y en relación con las circunstancias del momento, no cabe considerarlos lesivos del derecho al honor del policía.

No deja de ser curioso que, si bien no sé si tales epítetos encajan en el personaje del policía, estoy seguro de que buena parte de ellos describe fielmente a los demandados. Pero la cuestión no es tanto en qué medida se resuelve adecuadamente el conflicto entre valores constitucionales (derecho al honor frente a libertades de expresión e información), aunque también, sino hasta qué punto daña las meninges un buen juicio paralelo y de qué forma la reacción del policía en este caso ha alimentado, sin quererlo, la meningitis. He apreciado un claro síntoma de la enfermedad en este párrafo de la sentencia: “Opinar “que el 11 M se engendró muy probablemente en el seno o al menos en el regazo del Estado...” (Doc 64) es hipótesis protegida por la libertad de expresión, aunque a algunos les pueda parecer sorprendente y disparatada y a otros, por el contrario, factible dado el antecedente del llamado caso Gal”. Confieso que llevo un par de días dándole vueltas al razonamiento y sigo sin entenderlo. Deduzco que no estoy infectado o que los torpes estamos inmunizados.

En fin, dos historias parecidas con dos finales diferentes. Dos juicios paralelos que al final divergen. El caso Manzano me ha recordado la película “Ausencia de malicia”, dirigida en 1981 por Sidney Pollack, protagonizada por Paul Newman y con un irreal y reconfortante final. En un rincón del guión se concentra toda la esencia:

That as a matter of law,
the truth is irrelevant.

We have no knowledge the story is false,
therefore we're absent malice.

We've been both reasonable and prudent,
therefore we're not negligent.

We can say what we like about him;
he can't do us harm. Democracy is served.

Cierto, la verdad parece irrelevante.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Camino a Disneyland

Al fondo se oyen los gritos de los que ya están montados. En la entrada a la atracción hay un cartel que avisa muy claramente a quienes padecen del corazón o de la espalda. No necesito leerlo para decidir quedarme fuera. Me digo que es mi predisposición al mareo por cosa de las cervicales aunque sospecho, no obstante, que es simple flojera.

Así que me quedo esperando por los alrededores, disfrutando de ese privilegiado punto de observación que es el parque y especialmente atento para captar el sonido de palabras pronunciadas en francés por una voz femenina. A salvo.

Pero el cine no avisa o no lo hace tanto. Es fácil acabar en una película de emociones fuertes sin esperarlo. Y no me parece bien porque mi flojera es la misma y, aunque no haya gritos, puedo acabar llorando a moco tendido o intentando contener las lágrimas a duras penas. En el cine hay curvas muy inclinadas, bajadas a gran velocidad y giros verticales de 360 grados que me dejan aterido y que afronto atemorizado con los dedos clavados en los reposabrazos mientras la butaca avanza rápidamente hacia algo aún peor. La última vez que lo sentí fue en “Camino”, esa conmovedora, dolorosa y redonda película de Javier Fesser.



Hubiera querido poder oír la angustia de quienes la vieron antes que yo o un cartel que advirtiera a los padres débiles de corazón o flojos. Me habría sentido aludido y agradecido. Aunque, por otra parte, no sé si hubiera preferido no llegar a verla: empiezo a comprender el extraño placer de salir temblando de una montaña rusa.

lunes, 31 de agosto de 2009

Las artes plásticas no son para mí (o eso creía)



Huyendo del espíritu de mi tío Paco y envuelto en el de (también Paco) Martínez Soria visité el museo Guggenheim de Bilbao, no sin antes haber echado una partidita.



El edificio del museo y el recuperado entorno de la ría son tan atractivos como esperaba, pero su contenido me sorprendió mucho más gratamente de lo que podía imaginar, especialmente la exposición temporal de Cai Guo-Qiang, titulada "Quiero creer".



Aquí el artista, mu majico, explica un poco dos de sus obras, a la manera en que se explican los artistas.





Ah, el arte y la vida: dos mundos paralelos, creo que sin excepciones aunque a veces se diga lo contrario. Afortunadamente. Así puedo seguir disfrutando de Silvio.


martes, 18 de agosto de 2009

Vacaciones con mi tío

Hay muchas parejas imposibles. Una de ellas la forman el introvertido y el fanfarrón. Para el primero, el segundo es una cuidadosa selección del comportamiento humano que le incomoda. Para el segundo, el primero es un inútil aguafiestas en cuya mirada siempre cree apreciar un rencoroso reproche.

Yo era un niño introvertido y mi tío Paco era un fanfarrón. Una pareja difícil, ya digo, aunque también por separado, no nos engañemos. Creo recordar que sabíamos evitarnos hábilmente. Mi tío Paco era de Ramales, una localidad del este de Cantabria, en el valle del Asón, y vivió la mayor parte de su vida en Bilbao.

Los días que he pasado en Castro Urdiales, ese extremo de Cantabria habitado mayoritariamente por vascos, me han recordado aquel detalle familiar. Mirase donde mirase, sólo veía a mi tío Paco. Por cualquier calle, a la vuelta de cualquier esquina, sentado en cualquier terraza, apoyado en cualquier tonel y armado con mi inseparable cerveza me topaba con la panza jovial y fanfarrona del tío Paco, o reconocía su voz detrás de una habanera. Cuánto he suspirado en Castro. Como aquel día en que otro tío Paco se sentó en la mesa alargada en la que estábamos terminando de comer y nos habló de su bonito Bilbao, y de cuando bajaba a Valladolid después de un atentado y allí le hablaban alarmados de lo sucedido y él les respondía que no se había enterado de nada. No pudo expresarlo mejor. A aquel hombre le pasaba lo que a mi tío Paco durante toda su vida y a buena parte de los vascos durante las últimas décadas: no se han enterado de nada.

En el parque de Cabárceno no me pareció ver al tío Paco, aunque al contemplar a los papiones pude reconocer, uno a uno, a los vecinos en la piscina del bloque. Ni yo faltaba.



En el parque también pude ver al enorme gorila zamparse una coliflor tumbado sobre un costado, completamente indiferente a la curiosidad de los humanos que lo observábamos admirados. De pronto vi claro lo que quiero ser de mayor.

Con su permiso, bajo a África. Y por todos los Orishas, espero no encontrarme allí con baba mdogo Paco (tío Paco en suajili).



lunes, 27 de julio de 2009

P.S.

Hablando de soberanía, debo decir que me encantó oír un himno extraño en la ceremonia final de esa apasionante carrera ciclista.



Dicen que es el de Dinamarca, ese gran pequeño país.
Ah, poder sentirse nórdico por un ratito.
Felicidades, Alberto (Contadorssen).
Por todo.

viernes, 24 de julio de 2009

Con diplomacia

Soy un tipo condenado al disfraz. Por muchas razones, empezando por mi nombre. Hoy me pongo el de diplomático, ese cuerpo funcionarial que parece una estirpe y que siempre me represento alto, delgado y con frac, atravesando el patio del Palacio Real con las credenciales en la mano.


(Qué recuerdos. De cuando fui nombrado embajador ante la Santa Sede. Con esta foto siempre propongo el mismo juego: si desaparecemos los que llevamos frac, ¿a qué siglo parece corresponder la escena? Lo sé: es imposible dar una respuesta precisa. Hay un margen de tres siglos, entre el XVI y el XVIII. Reconozco que me fascinan -salvo cuando me desesperan- los lugares donde el tiempo se detiene).

Como me estomagan los trapos de colores –sólo aprecio su utilidad en la cocina—, he resuelto prescindir del banderón de rigor y sustituirlo por un lema en el frontispicio de mi bella embajada:

Cuando la soberanía entra por la puerta, el sentido del ridículo sale por la ventana.

Asomado al balcón principal del edificio, apoyado en el lema que tengo justo bajo mis pies, observo la reciente visita del Ministro Moratinos al Peñón de Gibraltar. Me parece ver al Secretario General del Partido Popular en Andalucía, Antonio Sanz, en un atril junto a la verja, diciendo a quien quiera escucharle: un paso definitivo en la renuncia de la soberanía de Gibraltar, un error histórico e insulto a la dignidad de España.

[Este asunto patriótico coloca a nuestra impenitente derecha una vez más en el centro del escenario de una tragedia cómica. Como que parecen personajes de "La Venganza de Don Mendo":

Al pie de esta enorme roca,
Vengo y lo digo estupendo,
Que la mole es española,
Como que me llamo Don Mendo
.]

Un poquito más allá se ven algunos llanitos entusiastas. Afirman que el peñasco es suyo y las aguas que lo rodean también. El subsuelo parece habérseles olvidado, de momento. Qué perra con los derechos reales. No descarto que por un lado o por otro me corresponda a mí algo, aunque solo sea cuarto y mitad de excremento de macaco autóctono. Tampoco descarto que sea en la mirada de los monos donde se refleje con mayor precisión la imagen de lo que realmente somos cuando hablamos estúpidamente de lo que es nuestro y solo nuestro.

Soy tan incapaz de comprender la falsa polémica del peñasco como de apreciar la conveniencia de la anterior visita del Ministro Moratinos a Guinea Ecuatorial, un viaje organizado por la próspera O.N.G. Negocios Sin Fronteras, Sección Sátrapas. Creo que habría sido mejor que nuestro servicio exterior hubiera preguntado a Mr. Obama, con ocasión de su reciente visita africana, por la marcha de las concesiones petrolíferas a empresas norteamericanas que están enriqueciendo en exclusiva al codicioso y tiránico Obiang y a su selecta camarilla mientras la mayoría de la población es simplemente despreciada, si no maltratada. Dado que en su reciente estancia en Ghana Obama destacó la importancia que tienen un buen gobierno y la sociedad cívica en la promoción de un desarrollo duradero –y desde luego no seré yo quien lo discuta—, Moratinos habría hecho bien en preguntarle al presidente americano si un puñado de buenas razones estratégicas son suficientes para hacer una excepción con Guinea Ecuatorial.

En fin, la política exterior nos enfrenta al mundo, a todos sus ángeles y demonios, y nos coloca por ello en la incómoda tesitura de adoptar un postura frente a cada uno de ellos. Por eso mismo quizá sea la parte de la política que mejor nos retrata, así que debemos cuidar el gesto. Ni compareciendo ante la verja, indignados, ni rindiendo pleitesía a Obiang, ufano, quedamos muy favorecidos.

Ya está. Me quito el frac, desalojo el palacio antes de que llegue su propietario y arrojo el lema al polvoriento rincón adonde van a parar todas las cosas.

jueves, 9 de julio de 2009

De izquierda a derecha

Llevaba algún tiempo sin prestar atención a esas palabras tan desgastadas por el mal uso, pero reconozco que seguramente conservan más significado de lo que creía. Un artículo de Daniel Innerarity ha colocado en orden esas vagas impresiones que llenan –sólo ellas— mi cabeza:

(...) Por supuesto que ambas [la derecha y la izquierda] aspiran a defender tanto la igualdad como la libertad y que nadie puede pretender el monopolio de ambos valores, pero el énfasis de cada uno explica sus distintas culturas políticas. La diferencia radicaría en que la izquierda, en la medida en que espera mucho de la política, también tiene un mayor potencial de decepción. Por eso el vicio de la izquierda es la melancolía, mientras que el de la derecha es el cinismo.
Esto explicaría sus distintos modos de aprendizaje, lo que probablemente responde a dos modos psicológicos de gestionar la decepción. La izquierda aprende en ciclos largos, en los que una decepción le hunde durante un espacio de tiempo prolongado y no consigue recuperarse si no es a través de una cierta revisión doctrinal; la derecha tiene más incorporada la flexibilidad y es menos doctrinaria, más ecléctica, incorporando con mayor agilidad elementos de otras tradiciones políticas.
Por eso la izquierda sólo puede ganar si hay un clima en el que las ideas jueguen un papel importante y hay un alto nivel de exigencias que se dirijan a la política. Cuando estas cosas faltan, cuando no hay ideas en general y las aspiraciones de la ciudadanía en relación con la política son planas, la derecha es la preferida por los votantes (...).


El ángulo me parece adecuado: como la virtud no es la regla en los humanos, a la hora de definir posiciones políticas no hay nada mejor que prestar atención a los defectos de cada una. Así se las reconoce más fácilmente. Y el substrato psicológico de la orientación política -en realidad, de casi todo- me resulta cada vez más evidente.

Melancolía frente a cinismo. Ajá, eso parece. O histéricos aspavientos al más mínimo hedor de la realidad frente a plena adaptación a la mierda.

Fijarse en los defectos ayuda a explicar en parte ciertos fenómenos, como el de la frecuente evolución política desde posiciones de izquierda hacia otras más conservadoras. (Sé que no soy preciso pero se me entiende). Considerando los respectivos defectos y el hecho de que la mierda del mundo siempre está ahí, rebosando, es más comprensible querer dejar de ser de izquierdas que lo contrario. Cuestión de hartazgo y supervivencia.

Conozco bien mis defectos y no tengo por ello ninguna duda. Soy un izquierdoso condenado a querer dejar de serlo. De momento, sin éxito.