Quedo a la espera de que Moratinos, nuestro encargado de negocios, haga pública la opinión del gobierno sobre este escandaloso asunto.
Por mi parte, sujeto mi profunda indignación con otro imán en la nevera.
Estos dos tienen una larga trayectoria pero sugen nuevas promesas, estrellas repentinas que exhiben con gracia ese aire de "noveanelpapoquetengo" mientras el coro mediático se apresta a escuchar la primera tontuna que se les ocurre.
Gervasio Sánchez, periodista, Premio Nacional de Fotografía 2009.
Es autor de un largo, constante, directo, conmovedor e irrefutable mensaje contra la barbarie, sin la menor concesión a la hipocresía reinante. Ejemplar, sin matices, como en aquel pequeño y emotivo discurso con ocasión del Premio Ortega y Gasset en la categoría de periodismo gráfico que recibió el pasado año.
Es natural que recuerde otra de aquellas películas que vi demasiadas veces seguidas. "Bajo el fuego”, de 1983, dirigida por Roger Spottiswode, con Nick Nolte, Gene Hackman y Joanna Cassidy en sus papeles principales. Y por encima de todo, con la música de Jerry Goldsmith.
Una representación de los desastrosos efectos de la Guerra Fría, esta vez en uno de aquellos rincones de Centroamérica donde era caliente.
No sé qué es la ambición política, ni qué sensaciones proporciona su paulatina satisfacción, ni cuán gratas puedan llegar a ser las expectativas que el ascenso en la escala de mando va generando, pero puedo imaginar la desolación que provoca el definitivo derrumbe de todos los trastos encima de la cabeza de uno.
Aunque el personaje interpretado por Ricardo Costa es ciertamente inconcebible, rematado con ciertos toques personales de inverosimilitud, realmente no es mucho más estrafalario que buena parte del elenco habitual. No pienso sólo en el PP. Como dice acertadamente Enric González, Costa es carne muerta, una víctima necesaria para la supervivencia de otros individuos de la manada que no hay razones consistentes para considerar mejores.
Otro que también puede preguntarse si hay vida en Marte...
(Qué recuerdos. De cuando fui nombrado embajador ante la Santa Sede. Con esta foto siempre propongo el mismo juego: si desaparecemos los que llevamos frac, ¿a qué siglo parece corresponder la escena? Lo sé: es imposible dar una respuesta precisa. Hay un margen de tres siglos, entre el XVI y el XVIII. Reconozco que me fascinan -salvo cuando me desesperan- los lugares donde el tiempo se detiene).
Como me estomagan los trapos de colores –sólo aprecio su utilidad en la cocina—, he resuelto prescindir del banderón de rigor y sustituirlo por un lema en el frontispicio de mi bella embajada:
Cuando la soberanía entra por la puerta, el sentido del ridículo sale por la ventana.
Asomado al balcón principal del edificio, apoyado en el lema que tengo justo bajo mis pies, observo la reciente visita del Ministro Moratinos al Peñón de Gibraltar. Me parece ver al Secretario General del Partido Popular en Andalucía, Antonio Sanz, en un atril junto a la verja, diciendo a quien quiera escucharle: un paso definitivo en la renuncia de la soberanía de Gibraltar, un error histórico e insulto a la dignidad de España.
[Este asunto patriótico coloca a nuestra impenitente derecha una vez más en el centro del escenario de una tragedia cómica. Como que parecen personajes de "La Venganza de Don Mendo":
Al pie de esta enorme roca,
Vengo y lo digo estupendo,
Que la mole es española,
Como que me llamo Don Mendo.]
Un poquito más allá se ven algunos llanitos entusiastas. Afirman que el peñasco es suyo y las aguas que lo rodean también. El subsuelo parece habérseles olvidado, de momento. Qué perra con los derechos reales. No descarto que por un lado o por otro me corresponda a mí algo, aunque solo sea cuarto y mitad de excremento de macaco autóctono. Tampoco descarto que sea en la mirada de los monos donde se refleje con mayor precisión la imagen de lo que realmente somos cuando hablamos estúpidamente de lo que es nuestro y solo nuestro.
Soy tan incapaz de comprender la falsa polémica del peñasco como de apreciar la conveniencia de la anterior visita del Ministro Moratinos a Guinea Ecuatorial, un viaje organizado por la próspera O.N.G. Negocios Sin Fronteras, Sección Sátrapas. Creo que habría sido mejor que nuestro servicio exterior hubiera preguntado a Mr. Obama, con ocasión de su reciente visita africana, por la marcha de las concesiones petrolíferas a empresas norteamericanas que están enriqueciendo en exclusiva al codicioso y tiránico Obiang y a su selecta camarilla mientras la mayoría de la población es simplemente despreciada, si no maltratada. Dado que en su reciente estancia en Ghana Obama destacó la importancia que tienen un buen gobierno y la sociedad cívica en la promoción de un desarrollo duradero –y desde luego no seré yo quien lo discuta—, Moratinos habría hecho bien en preguntarle al presidente americano si un puñado de buenas razones estratégicas son suficientes para hacer una excepción con Guinea Ecuatorial.
En fin, la política exterior nos enfrenta al mundo, a todos sus ángeles y demonios, y nos coloca por ello en la incómoda tesitura de adoptar un postura frente a cada uno de ellos. Por eso mismo quizá sea la parte de la política que mejor nos retrata, así que debemos cuidar el gesto. Ni compareciendo ante la verja, indignados, ni rindiendo pleitesía a Obiang, ufano, quedamos muy favorecidos.
Ya está. Me quito el frac, desalojo el palacio antes de que llegue su propietario y arrojo el lema al polvoriento rincón adonde van a parar todas las cosas.
Ya no somos unos niños. O pensáis mejor o no levantaréis cabeza.
Dicho lo cual, vayamos con un poco más de Johann Sebastian Precioso. Cualquier versión me vale.
Un nuevo y sorprendente ejemplo de cómo la tecnología actual difunde veloz y masivamente toda clase de mensajes. También el de un condenado a ser asesinado que ofrece póstumamente pruebas del crimen del que será víctima.
Hacía tiempo que no me impactaba tanto una imagen no violenta –más exactamente, no explícitamente violenta—, envuelta en una espesa y asfixiante bruma de bárbara codicia. Confío en que se disipe.
Debo quitarme el mal sabor de boca.
Johannes Brahms, Liebeslieder Waltzes Op. 52. Nº 14.
Sieh, wie ist die Welle klar,
blickt der Mond hernieder!
Die du meine Liebe bist,
liebe du mich wieder!
Mira qué claras son las olas bajo la mirada de la luna.
Tú, a quien dedico mi amor, ámame!
(Texto y traducción obtenidos en http://www.recursocoral.com.ar/) .
Siempre suyo, Mr. Cornwell.
(Se confirma año tras año: estas fechas me desorientan).